De la vida y la muerte

Otras Minucias

9 de Noviembre de 2016

Por Emilia Sinclair


Hace un rato leí en alguna página:
“De aquí a 100 años, facebook estará lleno de gente muerta”.

No entendí lo efímera que es la vida, hasta que vi esta frase. Y es que veo para atrás y me doy cuenta que voy por la vida haciendo tonterías, dejándome llevar, pensando que mi juventud será eterna, sin poner los pies sobre la tierra, bajo la premisa de que “la vida es un riesgo” y, como tal, hay que vivir lo que sea, por muy aventurero que fuera.

Aunque también te pones a pensar sobre si existir por mucho tiempo cuidándote, con una dieta saludable, estar en un trabajo que no quieres sólo por el dinero que te da, mantener un estatus social, una imagen por el qué dirán, comprando cosas de moda porque crees necesitarlas, estresándote por no cumplir expectativas u objetivos, sin arriesgarse, vale la pena.

Creo que aún no había desarrollado esa conciencia de que todos estamos aquí de paso, hasta que la vida, que últimamente me ha agarrado de sparring, me dio unos cuantos trancazos plagados de realidad y me noqueó con la existencia de una verdad con la cual aún no puedo levantarme: el cáncer de papá se ha esparcido por todo el cuerpo y no hay nada qué hacer.

Y la gente metiche siempre dice “es normal, es la ley de la vida”, “ten en cuenta que es mejor ver morir a un padre que ver morir a un hijo”, “disfruta cada momento con él para que se vaya feliz”. El problema es que ni siquiera lo tengo cerca. Y es la sensación más rara del mundo porque tienes a una persona lejos la cual amas y sabes que dentro de muy poco tiempo probablemente no esté y no puedes ir a abrazarla y decirle que a pesar de todo, siempre estará en tu corazón.

La presencia de la muerte nos enseña a apreciar a las personas, sacarles las mejores virtudes, maravillarse con los recuerdos, llenarse de interrogantes sobre qué hay después de ella, pensando en la reencarnación. Y no sé si mi papá se vaya al Valhalla, al Mictlán, o tenga que dejarle dos monedas para que se las de a Caronte, o espere llegar con Osiris, reencarne en alguno de mis hijos (si es que los llego a tener) o se quede en alguno de los círculos del infierno de Dante, pero sí sé que dentro de este plano nunca lo volveré a ver.

Y no sé si la vida me está dando chance de irme preparando mentalmente, de asimilar que ya no habrá un saludo, un feliz cumpleaños, un cómo estás, cuídate, ¿ya viste el meme de los gatitos?, o se está portando tan hija de la chingada como siempre y hace todo lo posible por hacerme tener presente que una persona a la cual amo, se va muriendo poco a poco y yo no puedo hacer nada respecto a ello.

Tampoco sé si pasa de otra manera y yo me voy primero al Valhalla que él. No estoy preparada para eso, pero sé que es una gran posibilidad. Lo malo es que vamos viviendo como si fuéramos eternos y ni siquiera tenemos un plan para nuestra muerte. Y, como es un ritual esto del funeral, me he puesto a pensar cómo es que me gustaría que mis cercanos me dieran el último adiós.

Antes que todo, recordar que soy atea y no quisiera que frente a mi cuerpo inerte, hubiera personas clamando a gritos están rogando por la salvación de mi alma ante figurillas cuya existencia no tienen certeza. Quiero música, jazz, folk, rock, grunge, con todas las personas que realmente me quieren (que serán como 3) platicando sobre anécdotas o ridículos que alguna vez les hice pasar. Quiero una fiesta con cerveza, whisky y ron, llena de globos en un jardín, porque he vivido como he querido y cuando llegue mi muerte quiero que sea motivo de festejo, de que pasé a otro plano, o que voy a reencarnar en un niño japonés y que mi existencia en este mundo pudo hacer feliz a más de una persona. Quiero un epitafio que diga:

“No inventó nada, no escribió nada nuevo, pero al menos distrajo a la muerte por un tiempo, haciendo lo que quiso”.

No hay razón para la tristeza porque yo ya ni siquiera voy a sentir y menos después de que me incineren mientras se escucha “el hombre que casi conoció a Michi Panero” de fondo.

La muerte tiene tanta certeza de su victoria que nos da toda una vida de ventaja y nosotros vivimos preocupados por qué color tiene un vestido o cuántos pokemones tenemos. Pero no nos percatamos de ello hasta que nos da con su guadaña y de golpe nos arrebata algo que queremos. Cuando papá se vaya, al menos agradeceré que terminara el suplicio por las quimioterapias y radioterapias y podrá pasar ese umbral que nadie sabe de qué se trata sano al fin y sin dolor.                                            



Sobre el autor:

Emilia Sinclair

Espía

Agente del caos. Antihéroe mexica librando batallas contra enemigos que devastan y perjudican la justicia y paz mental. En una ocasión tuve un amor pero no recuerdo donde lo dejé por cuidar mi trago de whisky. 

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