Pequeña dosis de esencia

Otras Minucias

2 de Febrero de 2017

Por Juan Carlos Herrera Fernández

Después de una lección de madurez, tras la reflexión y búsqueda de nuevos aprendizajes significativos, he decidido continuar con esta labor de compartir anécdotas que se convierten en algo más que sucesos comunes y que forman parte de las pistas que vamos encontrando en ese camino llamado felicidad.

Olivia, mi hija de tan sólo cinco años y con una chispa y encanto que superan cualquier métrica positiva, es una pequeña persona con un gran corazón. He de confesar que tiene mucho de su mamá, mi esposa Gaby, ambas son sinceras, grandes confidentes y con una capacidad sobresaliente para amar profundamente y sin condiciones.

Oli, como le llamamos de cariño, también es una observadora nata, es astuta y forja día con día ese liderazgo que la distingue de las niñas y niños de su edad. En esta descripción de nuestra hija, pareciera que me expreso como un padre orgulloso y optimista, y es que realmente lo soy; pero también Olivia confirma estas características contundentemente con acciones simples y cotidianas como la que comparto a continuación.

A su corta edad, siempre ha tenido a bien expresar su cariño de forma inesperada y en el momento preciso. Es sincera y directa, digna de admirar y aprender de ella esa ligereza natural ante cualquier adversidad. Nosotros, los adultos, constantemente nos sumergimos en situaciones diversas que absorben nuestra energía, por ejemplo, si en el trabajo tenemos un mal día, se averió el auto o simplemente las cosas no marchan como queremos, experimentamos un estado de ánimo un tanto extraño, mismo que, en ocasiones logramos contagiar y que, a nuestro parecer, ese comportamiento logra disimularse y justificarse dada la rutina diaria y la situación que atraviesa nuestro país. Ante este panorama, la idea de expresar nuestro cariño y alegría como adultos, se limita a momentos efímeros y cada vez más distantes.

Cuando tenemos la fortuna de ser padres, comenzamos a abastecer nuestro guardarropa anímico con trajes diversos, mismos que portamos con orgullo y responsabilidad al convivir con nuestros hijos; en ocasiones portamos el traje de superhéroe, un papel sencillo y simple de personificar, su objetivo será sorprender a nuestros pequeños con alguna habilidad sobrenatural para alimentar nuestro ego y mostrarnos como personas a prueba de todo. Otro traje, por ejemplo, será el de deportista, en cualquiera que sea la disciplina y la técnica, la cancha puede ser un espacio abierto o bien, la misma habitación o incluso la sala, lugares en donde se desarrollan grandes competencias y hacemos nuestro mayor esfuerzo porque esos momentos perduren para siempre. Un traje que no podemos dejar de usar es el de guía responsable, aquel que cultiva los valores y reprime ante un berrinche o mala conducta, si bien es un traje más tieso e incómodo, nos permite actuar conforme a lo que nos han inculcado y queremos preservar en casa. Cualquiera que sea el traje que nos dispongamos a utilizar, debemos estar atentos al estado en que se encuentra, ya que de no renovarlos o zurcirlos en su momento, poco a poco, irán pasando de moda y no nos quedará más que utilizar trajes aburridos y monótonos. Esta metáfora del guardarropa anímico me sirve para entender en qué momento debo cambiar de traje, cuándo separar los problemas ajenos a casa y vestirme cómodamente para disfrutar de mi esposa, de nuestros hijos y de nuestro hogar. Acostumbrarse a ello no es sencillo, pero ¿qué o quién nos impide intentarlo?

En ocasiones, tratamos con gran esmero no contagiar a nuestros seres queridos con problemas que nos impactan y salimos airosos, en otros momentos, no funciona del todo y definitivamente, por el simple hecho de ser humanos, hay veces en las que se vuelve imposible ser optimista ante una situación difícil y sin quererlo, incidimos en quienes nos rodean y les transmitimos nuestro mal humor. Es justamente en un momento como este, que una de las virtudes de Olivia me hace reflexionar una vez más en cómo nuestros hijos, con el más simple de los gestos, pueden detonar un aprendizaje significativo que te permita respirar profundamente y entender que la felicidad es un camino y no una meta.

Los medios de comunicación, por simples o complejos que pudieran parecer, tienen objetivos claros, que bien encaminados, pueden ser altamente efectivos para quien crea contenidos y los transmite adecuadamente. En la actualidad existen miles de plataformas que impactan a públicos específicos a través de productos comunicativos que le permiten al receptor identificarse con personajes, situaciones o elementos que reflejan realidades diversas. Y, sin entrar en mayor dilema, en algún momento de nuestra vida, todos nos hemos relacionado con algún personaje, elemento o situación de alguna caricatura o historia, a través de un libro, un cuento, un juego, una serie, una anécdota o una película. Los niños de la actualidad no están exentos de este comportamiento y es normal que un pequeño se identifique con algún personaje animado cuyo contexto puede o no, ser parecido al propio. Dicha referencia me permite compartir con ustedes esta reflexión en la cual Olivia me permitió entender y profundizar en algo que probablemente mi inconsciente está buscando, la felicidad en cualquiera de sus manifestaciones.

Era un día normal de convivencia familiar, un sábado en casa, nos disponíamos a desayunar. He de admitir que yo traía un par de pendientes en mente y trataba de no prestar mucha atención a los mismos mientras convivíamos en familia. Mi actitud, desde mi perspectiva, era habitual, pero Olivia detectó que algo no cuadraba en mi comportamiento, o al menos, así lo percibí. Me tomó del brazo y se puso a tatarear la frase de una canción una y otra vez. En lo personal, no logré identificar la canción ya que, hasta ese momento, nunca la había escuchado. El gesto me pareció muy lindo y traté de enfocarme nuevamente en la interacción familiar. El día transcurrió y llegada la noche, Olivia continuaba cantando esa misma frase de manera intermitente, la cual, hoy permanece en mi cabeza e inclusive repito constantemente. Más tarde me dispuse a salir de la duda ya que como comentaba anteriormente, la letra de la canción no era familiar para mí, pero lo que decía y el cómo lo decía mi hija, me noqueó; así que me puse a investigar.

Fred Rogers, uno de los pioneros de la televisión infantil en Estados Unidos, produjo un sinfín de programas audiovisuales destinados a transmitir y fortalecer valores, su labor estuvo enfocada en la producción musical y creación de personajes animados que reflejaran de manera sencilla, la complejidad del desarrollo infantil a través de series y caricaturas que hasta el día de hoy prevalecen vigentes. Los derechos de distribución de los contenidos de la actual compañía, legado de Fred Rogers, los posee Disney, hecho que no debe sorprendernos ya que prácticamente todo aquello que podemos relacionar con entretenimiento y diversión tiene algo que ver con la compañía del ratón más famoso del planeta.

Daniel Tigre, un personaje animado que explora todos los días experiencias que se convierten en aprendizaje, es el intérprete de la canción que repetía Olivia, la frase de alto impacto y según la versión doblada al español dice algo más o menos así: “cuando algo está mal, voltéalo y busca lo mejor”. Y la verdad es que mi hija lo expresó en el momento que yo como padre necesitaba escucharlo, y es así que esta simple acción confirma una vez más que la felicidad reside en los pequeños detalles.

Día a día aprendo de mis hijos y descubro nuevas oportunidades para replantear el camino una y otra vez. Es cierto que la situación que atraviesa nuestro país es muy complicada y pareciera no tener fin, la realidad es que estos son los días que nos han tocado vivir, lo que nos debe ocupar es el cómo aprovechar al máximo esos instantes efímeros, que no volverán y que, si no estamos atentos, pasarán desapercibidos y perderemos la oportunidad de disfrutar a quienes nos rodean, sin importar si son pequeños o adultos.

Olivia comienza a leer, ya entrelaza algunas frases y estoy seguro que llegado el momento podrá disfrutar de este texto tanto como yo y confirmará cómo, a través de su inocencia, logró hacer reflexionar a su padre, quien la ama profundamente y siempre aprende algo nuevo de ella. Gracias hija.

Sobre el autor:

Juan Carlos Herrera Fernández

Observador nato

Potosino de origen y jarocho por convicción. Esposo y padre, hombre de familia que procura aprovechar al máximo el tiempo que le deja la noble labor de formar profesionales de la Comunicación. Director de facultad, empresario y catedrático universitario de pregrado y postgrado. Observador nato y estratega apasionado. Perseguidor de la felicidad en cualquiera de sus manifestaciones.

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