La perdida transparencia de esta región del aire

Cultura

7 de Mayo de 2017

Por Joaquín E. Espinosa

“No, no se trata de añorar nuestro pasado y regodearnos en él,

sino de penetrar en el pasado, entenderlo, reducirlo a razón, cancelar lo muerto”.

La región más transparente. Carlos Fuentes

La ciudad de México, recién renombrada como tal después de haber sido por muchas décadas llamada con el insensible titulo de Distrito Federal, guarda un encanto y mística que pocas ciudades de nuestro país podrían alcanzar. En ella confluyeron en el mundo antiguo muchos grupos de diversas culturas; durante el dominio español observó la convivencia de indios y blancos, que eran las catalogaciones que se utilizaban entonces, y a partir del México independiente fue sede de incontable cantidad de desfiles, motines, rebeliones y ceremonias de todo tipo.

La historia (esa que deciden hacer los historiadores, la historia escrita) se ha encargado de retratar con mayor o menor fortuna este tipo de narraciones de alcances nacionales, pero muchas de las ocasiones se dejó fuera al pueblo bajo, los sucesos del día a día. Últimamente los estudios de vida cotidiana se han dado a la tarea de rescatar ese tipo de testimonios, recreando (hasta donde los materiales permiten) la forma de vivir de ciertos grupos en ciertas circunstancias y para ello fue necesario abrir la gama de fuentes a terrenos insospechados o usualmente poco socorridos. La literatura es una de ellas.

La historia que escribió Carlos Fuentes sobre la ciudad, además de pionera y coyuntural, representa una pintura sumamente detallada de la vida en el hampa, de los barrios bajos y las clases medias de la década de 1950. La región más transparente significa un momento crucial en la literatura mexicana e hispanoparlante (pues se enmarca además dentro del Boom de la novela latinoamericana), y a través del seguimiento a Ixca Cienfuegos y a un sinfín de personajes nos remite a esa otra realidad del lugar en que vivimos hoy.

Así como Rulfo nos regaló una instantánea de Comala, Ángel del Campo "Micrós" contó en breves relatos su vida en Mixcoac y San Ángel y García Márquez creó Macondo, Fuentes “inventó” la ciudad al escribir sobre ella, le dio ser y sentido al retratarla desde la perspectiva presencial que sus reiteradas visitas al Tívoli, al Bali Hai y al Salón México le permitieron.

No por nada la historia comienza con la puta Gladys García, que es manoseada por el barrendero. La crónica de las penurias que vivía cualquier sexoservidora para mantener a sus hijos, los lugares que frecuentaba, dónde trabajaba, todo eso e incluso el lenguaje que era propio de esos centros de diversión es en lo que el historiador debiera poner especial atención.

Las clases intelectuales, representadas en la novela por algunos jovencitos popofs o juniors, que comenzaban a utilizar términos y conceptos de la cultura angloamericana, y que se avergonzaban de su pasado indígena, del que renegaban y se deslindaban. Pichi, Bobó, Lally y sus amigos de juerga veían en el culto a lo extranjero la mejor manera de reinventar su ser y poderse sentir sin tapujos superiores a los demás.

Era esa clase privilegiada, que lideraba Federico Robles, el exrevolucionario que se integró de última hora y obtuvo los mejores beneficios de la guerra; ese grupo opulento y oneroso que sacó la mejor parte de la ruina porfirista y la de la propia población, que ahora no tenía nada, en contraste con los grandes empresarios. Sí, es también La región la semilla de la crítica más mordaz que vendría 4 años después con La muerte de Artemio Cruz, donde Fuentes sentenciaría que la revolución no había servido, que debía hacerse otra. Aquí se contentaría con escribir que “las revoluciones las hacen hombres de carne y hueso, no santos, y todas terminan por crear una nueva clase privilegiada”.

Se percibe la naciente corrupción posrrevolucionaria, y el miedo a que una serie de ricos empresarios se apoderaran de la economía del país, y de que ellos fueran viejos servidores del régimen disfrazados en las nuevas generaciones, pero pertenecientes a las antiguas familias que siempre tuvieron el control del destino nacional. Ver concretarse al partido único, por medio de “esos llamados partidos de oposición que parecerían, más bien, los aliados efectivos del PRI”.

Pero también ese fervor que se vivió con el “milagro mexicano”, con el “desarrollo estabilizador”, con la bonanza, se podía observar en la mentalidad positiva de algunos como Manuel Zamacona, ese estudiante pobre que aspiraba a ascender no social, sino intelectualmente, que refería con orgullo que “México no se explica; en México se cree, con furia, con pasión con desaliento”. Era la confianza en que las convicciones podrían llevar a algún lado.

Cincuenta años después, Fuentes trató de hacer la secuela actualizada de esta monumental obra, cuando publicó La voluntad y la fortuna en medio de su homenaje nacional por sus 80 años de vida, sin embargo la claridad en el pensamiento, el conocimiento de las circunstancias que existían en la ciudad y simplemente que México había cambiado tanto, no le permitieron repetir aquella excelente fórmula. Lo que se vive hoy está de alguna forma ya presente en las páginas de esa novela.

Se debe seguir leyendo y estudiando La región no sólo desde la literatura, sino también pensando en su empleo como fuente histórica, ya que es mucha la información que nos permite rescatar de un mundo que ya se fue, y que era la realidad del mexicano capitalino. Claro, no se debe dejar de lado la parte estética que Fuentes tiene permitido darse en sus páginas, ya que en ellas se puede observar la poética con la que él veía al país donde no nació pero al que pertenecía: “no ha habido dolor, ni derrota ni traición comparables a los de México. Y allí se sabrá que si los mexicanos no se salvan, no se salvará un solo hombre de la creación”.

 

 

Sobre el autor:

Joaquín E. Espinosa

Historiador

Historiador dedicado a la política y el ejército del siglo XIX mexicano. Difusor y amante de la historia, del tango y del cine de la época de oro. Independentólogo creyente en la paternidad de la patria de Agustín de Iturbide.
Profesor y aprendiz de la ciencia histórica.
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