La brecha citadina

Otras Minucias

12 de Mayo de 2017

Por Mario Marentes

-¿Tú crees que sea cierto?.- preguntó Óscar.

-Pues...Carlos tiene fama de hablador, pero el relato estuvo muy divertido. Bueno hermano nos vemos al rato, voy a perseguir la chuleta.

El 12 de octubre de 1989 a las 6 de la tarde, del sitio de taxis “La Buena Esperanza” salía Édgar Benavides, ruletero con más de 20 años de experiencia. La rutina laboral le había vuelto escéptico y arisco, pero a pesar de ello no pudo ocultar cierta emoción al escuchar el relato sobre la ciudad viviente. Que después de cierta hora de la madrugada, según contaba aquella leyenda urbana, a la Ciudad de México le surgían nuevas vialidades, como si le fueran naciendo tentáculos.

La noche fue apoderándose de la urbe y el cielo se empezó a cubrir con una manta negruzca. El eco metálico de su radio comunicador era lo único que acompañaba a Édgar por las calles de la colonia Roma.

Aproximándose lentamente a una señal roja en la esquina de Jalapa, sintió que se encontraba ausente, como si fuera parte de una niebla.

-Ya es tiempo que ocurra algo nuevo en esta ciudad, estoy tan aburrido que podría morir.- Dijo a manera de monólogo.

De manera súbita algo en su interior le dijo que tenía que pasarse aquella luz roja, debía acelerar, esquivar aquel tráfico que se interponía como una pared móvil. Decidió escuchar aquel mensaje y se dirigió a todo motor a su destino.

Mientras el ruidoso motor de su sedán, retumbaba por Álvaro Obregón, se llevó a cabo el famoso prodigio, las calles empezaron a curvarse lentamente, el interior del vehículo se sintió pesado y el tiempo de su reloj pulsera se empezó a alentar.

Decenas de caminos se extendieron a lo largo de la avenida, algunos de ellos empedrados, otros de tierra y fango. Se anexaban lentamente a la famosa avenida de la colonia Roma. Construcciones prehispánicas alumbradas con fuego en su interior, grandes esferas plateadas y edificios señoriales surgieron a su alrededor.

Édgar estaba atónito, no podía pensar con claridad, sólo era consciente de la enorme emoción que aquella aberración de la naturaleza le estaba otorgando a su cansado espíritu.

Horas más tarde, en el sitio de la Buena Esperanza, el operador le llamaba a Édgar mediante la radio.

¡Edgar! ¡Qué crees! aquella historia de la ciudad viviente fue un chasco, Carlos ya anda bien chocho, solo se volvió a perder en la Colonia San Rafael...¿Édgar? ¿qué dices? no te escucho ¿estás escuchando música? ¿Édgar todo bien? responde ¡Edgar!

Sobre el autor:

Mario Marentes

Ciudadano con derecho al voto

Mexicano que gusta beber de un buen tarro de cerveza oscura, mientras ve como el atardecer enciende brevemente el contorno del horizonte.
También le agrada ver películas en blanco y negro e imaginarse la historia de las personas que ve pasar en las calles de la Ciudad de México.

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