En la cama

Cultura

25 de Mayo de 2017

Por Mariana Pérez Gay Rossbach

Perdón, no pude contestarte el por qué de mi reacción tan violenta, el por qué me molesta tanto escucharte hablar con él. Qué ganas de tocarte la espalda y pedirte perdón, pero roncas y no escuchas ya; o quizá nunca lo hiciste. ¿Crees que son celos, un capricho o simplemente ganas de joder? ¿Crees que me enferma escucharlo a través del teléfono? ¡Carajo, Rocío, qué poco me conoces entonces! O cuánto…
¿Cuántos años llevamos bajo el mismo techo? ¿Veinte? ¿Treinta? He perdido la cuenta. Para mi ha sido una hermosa y horrible eternidad. Sin embargo en estos años esta cama siempre ha sido nuestro templo, una zona de paz, pero hoy duermes sin abrazarme y yo no concilio el sueño.

¿Qué pasa con el amor cuando amas a la misma persona todos los días? ¿Cambia? ¿Has dejado de amarme? ¿¡Qué necesidad tienes de hablar con él, carajo?! Sé que fue un pacto en silencio, necesitabas nuevas experiencias, vivir un poco tu vida sin mi, como una lateridad de goce en esta vida rutinaria. No sé por qué accedí a semejante atrocidad. Esta necesidad de sentirse joven otra vez, de alimentarse de peligro y pasión. Claro ¿qué puedes esperar de este viejo que ha vivido enamorado de ti, cuyo movimiento sientes automático y las canas han invadido su rostro? Perdóname por haber aceptado, hubiera preferido no saber; hubiera preferido una aventura tuya, una de esas infidelidades de las que todos hablan a estas alturas. Pero quisimos hacer las cosas bien, pretendiendo que el amor es la sinceridad absoluta. ¿Sinceridad o puñales silenciosos en una amarga verdad de ya no querer? Cobardía por no soltar. Ya no hay vuelta atrás, has probado otra vida poniendo en peligro mi felicidad y así nuestro amor. Qué cobarde he sido al no insistirte en hacerte ver que esto es amor, que lo que tenemos se llama vida y que lo que vas buscando ya lo tienes, o no… hoy ya no lo sé. Ojalá supieras cuánto quiero hacerte feliz, y al parecer es amarte no amándote más. ¡Qué puta paradoja! Más bien, qué puta “parajoda”. Pero quiero que te enteres que te amaría inclusive negándolo, inclusive dejándote ir, inclusive no amándote.

No despiertes por favor, no quiero que veas a un desgraciado llorar, qué triste imagen verías, escupiendo quizá chantajes baratos, pues el villano no sólo es el que tiene el látigo, si no quien también pone la espalda. No es mi intención hacerte sentir villana, ni yo sentirme uno. No es un reclamo, es un enojo conmigo, a veces no entiendo la vida. Y es que prefiero llenarte la cara a besos prohibiéndome la boca, a que agonicen mis labios por no besar tu piel. ¿Tienes frío, mi amor? Permíteme cubrirte con la colcha. ¿Recuerdas cuando fuimos a comprarla? No teníamos dinero y fuimos a las baratas de aquél almacén, donde fumamos marihuana frente al parque escuchando a un vagabundo tocar la guitarra. Esa misma noche estrenamos la colcha en esta cama; aún se puede ver la mancha que dejaste, marca de nuestra locura de uno por el otro. ¡Qué voracidad la nuestra! Recuerdo que escribiste en mi pecho que era tuyo con el delineador que hoy adorna tus ojos, que te avergonzabas cuando me confesabas que no querías compartirme con nadie más. Lo cumplí.

Creo que esto se ha convertido en una madrugada de disculpas, de recuerdos o de arrepentimientos. Sé que quizá no pude darte lo que necesitabas; pero te di todo lo que pude, todo lo que tenía, todo lo que mis pinceles y tu rostro pudieron pintar; y todo lo que he sentido se encuentra en la librería de las manos de este artista fracasado enfermo de amor. Y sin embargo aquí estás junto a mi buscando más, porque el todo ya no te es suficiente. Comprendo, juro que lo hago. Y es que te amo tanto, que estoy dispuesto a ceder, a perderme en tus necesidades. ¡Qué poca dignidad la mía! ¡Qué triste y gastado amor! Tan inservible al parecer, tan viejo… Déjame abrazarte, aunque sean abrazos fríos.
Rocío, sigues roncando… Siempre me dio ternura cómo duermes, con la boca entre abierta, como si esperaras a que te besara cada madrugada o como si dejaras palabras en la punta de la lengua; como si te ahogaras con tus propias frases ¿qué tanto quieres decir que no has dicho ya?

Te mueves como si no quisieras sentirme a tu lado, y tus rodillas fueran el muro que separa dos ciudades con ideologías distintas, como aquél Berlín dividido por la guerra; nuestro templo se ha convertido en campo de batalla por la guerra fría del tiempo. Malditas tus arrugas, que en vez de deformarte la cara te la han adornado. ¿Alguna vez te confesé que amo la gravedad en tus pechos? Te amo por vivida.
Qué ganas de tocarte la espalda y pedirte perdón; hacerte el amor como hace años lo hacemos, entre abrazos profundos, y besos en manos y hombros. Quizá mañana lo hagamos, pues hoy estamos cada quién en su ciudad. No despiertes, ya dejo de hablar.
Buenas noches, mi amor, mi vida. Que descanses. Mañana te amaré no amándote más

 

Sobre el autor:

Mariana Pérez Gay Rossbach

Psicóloga y artista

Enamorada de los pequeños detalles, de los rincones y secretos. Sonriente a los juegos y el humor negro. Soñadora empedernida y enamorada de la vida. Lo demás lo celo y es mío. 

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