Harina P.A.N.

Otras Minucias

15 de Junio de 2017

Por Israel Rojas

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero. Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

"El traje nuevo del emperador" - Hans Christian Andersen.

 

Una de mis tías cuenta que mi abuela los despertaba todas los días halando las cobijas para que les pegara el frío y quitarles cualquier apego con la cama caliente. Dice que todas las mañanas durante algunos minutos odiaba a su mamá pero solo por unos minutos porque en eso entraba de nuevo mi abuela con su alharaca repartiendo las tareas entre los cuatro hijos: la mayor ayudaba con las arepas, mi papá y mi tío alimentaban a las gallinas y ella les cambiaba el agua.

Mi abuela hacía lo que podía con su sueldo de costurera pero se las había ingeniado para conseguirle a los muchachos una beca en el mejor colegio que había en el pueblo. El Colegio Nazaret era una casa vieja reformada por unas monjas que tenían fama de tiranas entre los niños pero de justas entre los padres, en el caso de mi abuela le habían aceptado a los cuatro muchachos en un lugar que solo podían costearse los hijos del alcalde, los del concejal, las muchachitas del Presidente de la Cámara de Comercio y demás gente pudiente del lugar.

La educación del colegio era buena, aunque entrara con jalones de oreja y reglazos en las palmas de las manos. A los niños como mi papá y mis tíos se les enseñó a estar especialmente agradecidos, al fin y al cabo, estaban en una posición privilegiada que muchas otras familias perseguían, compartir el salón de clases con el querubín del alcalde.

Pero mi papá y sus hermanos estaban demasiado pequeños como para entender semejante “privilegio” y había otra cosa que ocupaba toda su atención, la lonchera. Llegada la hora del recreo todos los niños se acomodaban como podían en lo que alguna vez fue el patio de la casa y empezaban a sacar sus loncheras de Ultraman, El Zorro, El hombre Nuclear, compradas en algún viaje a Cúcuta o Miami.

Los cuatro niños de mi familia miraban a los lados, detallaban los envases de colores, los termos hermetiquísimos por los que no se derramaba ni una gota, sus tapas que se transformaban en tacitas llenas de bebida achocolatada, y así, después de apreciar los privilegios ajenos procedían a sacar tímidamente su lonchera, una bolsa de Harina P.A.N. que contenía cuatro arepas empapadas en mantequilla rellenas con queso. Comían calladitos, entre la vergüenza y la dignidad por una lonchera que, finalizado el recreo, iría a parar a la basura.

Pasaron así muchos recreos y muchos desayunos, mi papá y sus hermanos llegaron a esa edad en la que, afortunadamente, ya no era necesaria la lonchera. Todos estudiaron, nunca les hizo falta nada, gracias a los zurcidos, remiendos y patrones de mi abuela. Mis tías estudiaron geología y derecho, mi tío fue a un seminario y luego se hizo un médico respetable (y ateo), mi papá formó una linda familia a pesar de no poder comprarle 40 pares de zapatosa mi mamá.

Ya médico, mi tío viajó a Cuba como parte de un postgrado, regresó embelesado con ese ardid que vende la isla de que “en Cuba no se vive bien pero se vive tranquilo”. Escuchando música de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y, por supuesto, Alí Primera, contagiando a toda la familia con el espíritu de “la patria es el hombre, muchacho” y tarareando canciones mansas para un pueblo bravo. En Cuba había encontrado el unicornio azul de la izquierda que tan bonitas trovas nos ha dejado.

A mí papá le importaba poco o nada la política hasta que un compadre suyo se lanzó para alcalde. Ramón se llamaba, uno de esos niños del Colegio Nazaret, hijo de un comerciante, un tipo joven, bien vestido, y casado con la reina del carnaval, imagine usted una especie de Frank y Claire Underwood en un pueblito del tercer mundo. Papá hizo campaña, recorrió calles, pegó afiches del MAS (Movimiento al Socialismo), fue puerta a puerta motivado por el eslogan del partido “Sí podemos, hay que hablar”, con la promesa que le hacía su compadre de que si ganaba había un puesto asegurado para él dentro de su gabinete.

Ramón ganó, por supuesto, y le ofreció un puesto a mi papá, como vigilante del terminal de autobuses y transporte municipal del pueblo. “Es temporal” decía el compadre, ahora excelso alcalde, “mientras armo el gabinete, tú sabes, no se puede llegar a poner gente a diestra y siniestra”. Así concluyó la brevísima carrera política de papá.

En 1998 apareció Chávez con su bandera de clase obrera, su verborragia, su uniforme militar, su fallido golpe de estado, su Movimiento V República y su promesa de freír en aceite hirviendo la cabeza de todos los políticos corruptos de Venezuela. Mi familia, como muchas otras, dio un voto de confianza al estribillo de una ilógica frase que se escuchaba mucho por esa época “este país necesita es un militar que ponga mano dura”.

Chávez ganó con 3.673.685 votos, cuatro de mi familia. Ahora sí, no más loncheras hechas de bolsa de Harina P.A.N., no más colegios Nazaret exclusivos de niños ricos, se acabaron los compadres corruptos esposos de reinas de belleza, no más desigualdad social ni canciones sobre techos de cartón, como diría Marcuse, el final de la utopía. En esos días nunca faltaban señoras acomodadas que recién salidas de la peluquería vociferaban “¡Ese militar nos va a convertir en Cuba!” pero estaban equivocadas porque dieciocho años después, en Venezuela no se vive bien y tampoco se vive tranquilo.

Durante 18 años he hecho el ejercicio de entender y respetar las convicciones de mi familia, de acercarme a ellos desde la tolerancia; a una buena parte de Venezuela le ha tocado lo mismo. La otra parte pareciera haberse empeñado en negar, sesgar y demonizar una ideología distinta a la suya, bajo la excusa infantil de que esa otra parte tiene o pretender tener una lonchera más bonita, una lonchera importada, y ahora es el turno de ellos.

En los últimos 62 días, después de 63 muertos, más de 300 presos políticos, 13.050 heridos, 2.459 detenidos, una inflación del 500%, un 25% de desnutrición aguda, se me hace difícil el ejercicio. Se me complica aún más cuando mis amigos tienen que salir a protestar, o a narrar las noticias en un autobús porque los medios de comunicación no las transmiten.

Pero sobre todo, se me hace difícil cuando me entero que papá, un señor de 56 años que creyó en el chavismo férreamente, no tiene trabajo, ha perdido peso, y debido a la escasez, ha tenido que comer arepa con mantequilla y agua, una arepa sola, con mantequilla. Me pregunto si en esos momentos recuerda los tiempos de la lonchera hecha con la bolsita de Harina P.A.N. o si esa sea, precisamente, su justificación para un país en el que ya no hay siquiera con qué llenar las loncheras.

 

Glosario:

Harina P.A.N. harina de maíz precocido con la cual se preparan arepas, hallacas, empanadas, cachapas, y otros platos típicos venezolanos. En México se consigue por 40 pesos en el supermercado, en Venezuela se le ve muy de vez en cuando.

Sobre el autor:

Israel Rojas

Escritor

Estudió Artes mención cine en la Universidad Central de Venezuela. Ha escrito para la revista de la Fundación Cinemateca Nacional de Venezuela, Tantras Urbanos, revistas de amigos y un funeral. Ha creado y abandonado tres blogs y un tumblr. Lleva escribiendo un guión desde hace dos años. Le gusta la nostalgia y escribe de noche para que nadie le hable.

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