El hombre de la Mancha

Cultura

15 de Junio de 2017

Por Luis F. Gallardo


Dedicado a Ana Luisa Gallardo, gemela espiritual


Leer el “Quijote” te cambia la vida. Esto es un lugar común. Y se vuelve común porque ha sido cierto en muchas e innumerables vidas. La maravillosa novela de Miguel de Cervantes publicada en 1605, cuyo título real es “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” logró comunicarse conmigo, un señor de 2003, casi a 400 años de distancia, en otra cultura, en otro contexto histórico, con otro español incluso.

Llegó en un momento perfecto a mi vida, un momento de crisis personal, de definiciones trascendentales ¡Y cómo me ayudó! Si como dice Bajtin, la literatura es un diálogo, yo he dialogado mucho y a mucha profundidad con la obra. Pocas cosas en esta vida me han proporcionado tantos días gozosos, tanta felicidad. Un modelo a seguir de escritor, un modelo de literatura y un modelo de vida.

Sentía que quizá exageraba esta nota, cuando conocí la historia de Don Eulalio Ferrer Rodríguez, como miles de españoles republicanos salió de España por la ruta de los Pirineos hacía Francia, a los campos de concentración franceses. Donde vio morir de hambre, enfermedad y demencia a cientos de compatriotas. En el camino logró cambiar una chaqueta por un paquete de tabaco. Luego intercambiaría el tabaco por un libro gordo, que pensó usar de almohada para poder dormir. Ese libro era el Quijote. Y no sólo apoyó su cabeza en él para dormir: fue su libro de cabecera de por vida. Endulzó su estancia en aquel infierno y le brindó fuerza para vivir. Es un libro que como dictaba aquella norma de calidad literaria de Julio Cortazar “te devuelve a la realidad transformado”.

Por supuesto que ha habido grandes e históricos esfuerzos –valga de nuevo el lugar común –por llevar esta genialidad al cine y al teatro. En mi modesta biblioteca cervantina hay dos gordos libros sobre el tema del cine Cervantino, hay que decirlo la mayoría bastante fallido. Obviamente es imposible adaptar una obra de tales dimensiones a una película de hora y media o de cualquier duración. La adaptación más prestigiada es la soviética de 1957 de Grigori Kozintsev. Desde hace 10 años circula una reconstrucción muy parchada y remendada de la fallida producción de Orson Welles “Don Quixote”, obra inacabada, pero no exenta de interés. Sabemos que Terry Gilliam no ha podido llevar a buen puerto su producción quijotesca; película que esperamos los fans del genio gringo-británico con mucha impaciencia.

Lo que hay que entender es que estas adaptaciones de la novela, estas versiones, son lecturas del Quijote. No el Quijote. Cada adaptación, cada versión es una nueva lectura. Y hay tantas lecturas como lectores. La novela es una obra muy poderosa, las películas no lo han sido. El poder de la novela es intransferible por supuesto.

Y ese es el caso de la super exitosa producción de Broadway “El Hombre de la Mancha”, estrenada en 1965 y cuyo tema “El sueño imposible” todos hemos escuchado alguna vez. Seguro la obra era muy buena. Pero pues yo –económica y socialmente anclado a la CDMX y totalmente marginado de Broadway y sus asombros –vi la película bastante fallida, con todo y Peter O’Toole, y con todo y espléndida Sofía Loren. Me pareció que frivolizaba demasiado la obra de Cervantes.

Pero hace unos meses recorría como de costumbre, como tantas veces por semana el Metrobús de CU a Indios Verdes y que veo en la marquesina del Teatro Insurgentes anunciado “El Hombre de la Mancha”.

Qué la obra se presentara en el Teatro Insurgentes como cualquier musical clásico no era notorio. Pero en el papel principal estaba Benny Ibarra; dirigía Mauricio García Lozano con escenografía de Jorge Ballina, iluminación de Víctor Zapatero. El primero una super estrella del mundo del espectáculo nacional; pero Lozano, Ballina y Zapatero genios de la escena mexicana actual (han ganado cualquier cantidad de premios nacionales e internacionales, con teatro independiente, de arte, etc), lo que ya hacía el asunto notorio. Definitivamente quería verla.

Hace algunos años, ya bastantes, fui coguionista de una miniserie de programas para Canal 22 “Los Hacedores del Teatro”, escribí los guiones con mi gran amigo y en aquel entonces socio Alfredo Robert, y los escribíamos en casa de la connotada actriz Ariane Pellicer, quién dirigía la serie. Ariane es legendaria para mi generación como Nina, la metalera de “Cachún Cachún Ra Ra”: mujer culta, muy trabajadora y agradable. Ahí en su casa también conocí a su esposo, un señor muy robusto y calvo, de nombre Jorge Reyes (1952-2009), músico famoso, que componía y tocaba música prehispánica.

La serie quedó maravillosa, las entrevistas eran magníficas, al grado que yo pienso que deberían televisarse completas (siempre he pensado lo mismo de las entrevistas de la serie que escribo desde hace muchos años para TV UNAM, “Maestros detrás de las Ideas”), porque en un programa de tele aparecen máximo 4 o 5 minutos de una o dos horas de entrevista. Y los entrevistados son personas cuyas vidas, experiencia profesional y conocimiento, son un tesoro en sí.

La serie se dividía en campos del teatro, hubo un programa de directores de escena, y se tenían entrevistas de o que referían a Héctor Mendoza, Juan José Gurrola, Ludwig Margules, incluso había una entrevista con Luis de Tavira (que tenía montada en ese momento “La dama Boba” según recuerdo, en un proyecto itinerante muy peculiar), se hacía referencia a muchos otros importantes directores de escena como Julio Castillo, que según decían en ese programa fue, es y será el mejor director de escena mexicano de la historia.

Hubo un programa de dramaturgos donde se entrevistó a Victor Hugo Rascón Banda (por cierto soy muy fan de “Las armas blancas” de su autoría), a Sabina Berman que sigue muy activa escribiendo teatro comercial “Tic, Tac, Boom” (2016) que montó Ortiz de Pinedo en el teatro San Angel, actuaba él y Rodrigo Murray –yo me reí bastante –y en cine, hace poco escribió el guión de “Macho” (2016) de Antonio Serrano, (película lamentable) y seguro hubo otros dramaturgos pero ya mi memoria no me da. Hubo otro programa de escenógrafos e iluminadores, con entrevistas al maestro Alejandro Luna y sobre todo al maestro Phillippe Amand, esta última entrevista era realmente espléndida, y un muchacho iluminador que descollaba desde entonces, Víctor Zapatero.

Y hubo un último programa dedicado a jóvenes destacados de la escena nacional y ahí conocí a Mauricio García Lozano, había montado una obra de la joven dramaturga Ximena Escalante “La piel”, con iluminación y escenografía de Jorge Ballina: muy exitosa, muy interesante. Los tres muy brillantes. El programa hacía entrever la riqueza y el gran momento, quizá dorado, del teatro mexicano (y que continúa). Completaban Flavio González Mello, otro dramaturgo joven que brillaba intensamente tras el éxito de “1822, el año que fuimos imperio” bajo la dirección de Antonio Castro, otro talento joven, y el dramaturgo Jaime Chabaud que también había pegado un hit con “El Divino Pastor Góngora”.

Volviendo a “El hombre de la Mancha” en el Teatro Insurgentes: entre el fan de Benny Ibarra que irradia dentro de mí, en complicidad con mi prima Ana Luisa Gallardo que comparte este fanatismo (y que vino de Washington D.C., expresamente a ver la obra, solo por Benny Ibarra); y en mi caso particular, la certeza de que Mauricio García Lozano y Jorge Ballina, presentarían el musical con mucha novedad y originalidad, terminamos irremediablemente en primera fila. Y no me decepcionó.

A veces me siento incomprendido porque al saber un poco más de técnica teatral siento que disfruto más las obras, que me compenetro más cuando estás están llenas de espíritu lúdico. Si entiendes el espíritu lúdico de Godard por ejemplo, y dejas de lado tu forma acartonada de ver películas a través del hilo de un argumento, los goces, los hallazgos, los asombros que te da Godard en cada película te conmueven de una manera genuinamente estética. En otras palabras son unos orgasmos estéticos de antología. Pero hay que comprender y sentir a través de esos otros elementos de lenguaje cinematográfico no argumentales, actorales, visuales, sonoros, estructurales. En este caso, pese a ser teatro comercial, la obra contiene estos asombros.

Hay un magnífico y logrado juego espacial de tensión entre la tridimensionalidad del escenario que además rompe su planitud con un juego sagital de escaleras que redimensionan el arriba y el abajo; y una continua construcción bidimensional de estampas, que con una sencilla escalera y otros tantos tablones de madera repentinamente enmarcan como en cuadros del postbarroco cervantino, escenas de la obra. Es decir ya no estamos frente a una representación realista convencional de la obra, como la triste película; sino que la obra presenta ese intenso, dinámico, corporal teatro físico –totalmente contemporáneo –donde los actores son al mismo tiempo herramientas escenográficas. El actor en realidad construye el espacio, tanto física como mentalmente. Así que una escena es bidimensional, como un cuadro barroco, y la siguiente es tridimensional y se usa la profundidad del escenario. Y se cambia de espacio con tal dinamismo y velocidad que la obra se te va como un chorro de agua entre las manos. Es pura magia teatral.

Una de las grandes aportaciones de Julio Castillo al teatro contemporáneo, según comentaban en esos programas que referí, era la transición entre las escenas. Julio reescribía las obras teatralmente –no textualmente –al inventar escenas de transición no incluidas en el libreto, que encadenaban una escena con otra, escénicamente, es decir sin cortar el hilo narrativo.

En el teatro anterior bastante más convencional, para cambiar de espacio o de tiempo, se recurría inevitablemente al telón o a la oscuridad, lo que por supuesto marca una suspensión en la continuidad de la obra. Y mucha dramaturgia maneja pocos espacios para evitar estas irrupciones. Un acto por espacio. Llegando al colmo en obras como “El Gesticulador” por ejemplo, de suyo bastante convencional, que ocurre completa en un solo espacio –se que es muy reputada pero a mí me parece un plomo, perdón –y los telones separan los actos y son elípticos, o sea cambios de tiempo, pero en un mismo espacio. Pues los directores de escena mexicanos aprendieron bien la lección del maestro Castillo porque no hay ni un solo telón, ni una sola recurrencia a negros en “El Hombre de la Mancha”. Todo ésta hilado escénicamente, y hay innumerables cambios de espacio y tiempo, hechos muy velozmente, y a vista del público, enunciados por los mismos personajes “Ahora vamos a la venta”, “Ahora vamos a la casa de Alonso Quijano”, y así; por lo que queda muy claro exactamente de que espacio se trata.

Mauricio García Lozano se da el lujo incluso de incluir un plano cenital cinematográfico, top shot en inglés, mediante un par de tablones acomodados verticalmente que se transforman en una cama, en la que duermen el ventero y su esposa, (ellos simulan/actúan estar recostados pero obviamente están de pie, la sensación entonces es que vemos la cama desde arriba, aunque estamos en nuestra butaca), y esta cama simultáneamente es una puerta, y poco después la puerta misma de la venta, en un par de minutos hay este dinamismo de planos y de espacios.

Otra escena maravillosa es la de la noche estrellada, muy quijotesca, que resultará literalmente rasgada para dar paso a una horrida escena en la que se construye de forma impactante una sórdida agresión sexual que nos hace presumir una violación tumultaria violentísima, fuera de cuadro. Es evidente que Mauricio García Lozano conoce la novela, pues Aldonza –Dulcinea –no es, ni puede ser Sofía Loren. Es una campesina hosca que huele a ajos y cebollas, una mujer ruda e ignorante. En la obra de Broadway en realidad Aldonza sintetiza el personaje propio de Aldonza, que es bastante brumoso en la novela, y el de Maritornes, que es realmente la doméstica de la venta que practica la prostitución. En el montaje mexicano le dieron ese espíritu hosco, rural. Esa agresividad propia de una mujer que ha visto lo peor de la naturaleza humana: magnífica, sobresaliente interpretación de Guadalupe Lancho (ya no nos tocó Ana Brenda), llena de fuerza y no exenta de belleza pero disciplinada en su caracterización.

La luz es otra fuente de admiración. Notable trabajo de Víctor Zapatero. Nunca había visto haces de luz en una obra de teatro. Será que me falta escena. Pero es verdad. Nunca había sentido la luz solar desmenuzada, en una escena teatral. En la escena del Caballero de los Espejos la luz cobra vida, al tener incesante movimiento, en un bellísimo y eficaz juego de reflejos. Los arreglos musicales me parecieron espléndidos también, la música original es muy efectista, muy tramposa, pero la música en vivo y ciertas adecuaciones de timbre y ritmo, la hicieron más emocional y menos pop. Hay toda una orquesta en escena, uno de los lujos que puede darse el teatro comercial, tan inaccesible a las masas –pueblo –por desgracia, y los actores cantan en vivo y muy bien. No quiero abundar más, técnica y estéticamente es una joya, es perfecta, es arte.

Y Benny Ibarra, bueno. A pesar de todo lo dicho, de la magnífica puesta en escena, de los talentosos actores, del gran director de escena, el gran escenógrafo y el gran iluminador, quién lleva a las masas –burguesas –al teatro es Benny Ibarra, es el centro de gravedad de toda la producción. Y se lo ganó. Siempre me pareció el sujeto más talentoso de “La Banda Timbiriche”. Años más tarde participaría en una película de cierto encanto “Inspiración” (2001) de Ángel M. Huerta, cuyo tema principal era de Benny, el tema creo que fue un éxito. Ya lo vimos también en esa agradable película “Un padre no tan padre” (2016) de Raúl Martínez Resendez. Su último proyecto musical al lado de Sasha Sokol y Erik Rubín, me pareció magnífico. Ojala que vuelvan.

Y como Don Quijote, Benny es un contrapunto a todo. Es un Cervantes nervioso y melancólico, es un Don Quijote lánguido y exangüe; un ritmo de voz pausado, de bajo volumen, pero con excelente matiz. Es como un sueño imposible en el único mundo posible. Establece tal empatía con los espectadores que vi a muchos llorar sinceramente cuando Alonso Quijano está en trance de muerte. Es pues la estrella de la obra, pero también su espíritu y corazón.

Es “Hombre de la Mancha” de Morris Gilbert es una obra maestra del tablado mexicano, una obra comercial indudablemente, pero una pieza de arte también, sin que esto sea una contradicción. Es tan intensa que quedan ganas de volver a vivirla. Y no creo ser el único.
Y a pesar del libreto original, cuya interpretación de la novela es simplista y frívola incluso, (y le dan un levantón en esta producción) siento, pienso, creo que la novela de Cervantes, y sobre todo Don Quijote, se ha metido en el tuétano de la producción. Y que todos los participantes habrán sentido lo que tantos lectores del Quijote: que el Caballero de la Triste Figura ha tocado su corazón definitivamente y para siempre.

Y si usted quiere transformar su vida amable lector, visite la obra. Pero también lea la novela.

Sobre el autor:

Luis F. Gallardo

Escritor

Amante del cine, los comics, la literatura, el Quijote, y la vida académica. Nació en la ciudad de México un 5 de Mayo de 1975. Pertenece a la generación 1996 del CUEC, donde estudio la carrera de Cinematografía. Y a la misma generación de la carrera de Letras Hispánicas que cursó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se especializa en  guiones de televisión cultural y educativa. Su serie de televisión “Maestros Detrás de las Ideas” obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2009. La serie ha estado al aire por más de 11 años, por la señal de TVUNAM y de otras cadenas de televisión educativa mexicana y mundial, de habla hispana.