Escenas del Fin del Imperio, 2

Cultura

19 de Junio de 2017

Por Polo Silberman

El 13 de junio de 1867 comenzó el proceso contra Maximiliano, Mejía y Miramón en el Teatro Iturbide de Querétaro. El primero fue dispensado de asistir al juicio, pues su salud se lo impedía. Los segundos fueron sentados en el banquillo de los acusados, donde permanecieron hasta que sus defensores presentaron sus alegatos. Vázquez y Ortega, abogados del monarca, presentaron la comparecencia de éste por escrito mientras que Mariano Riva Palacio y Rafael Martínez de la Torre, sus principales defensores, se hallaban en San Luis Potosí tratando de ablandar al gobierno republicano alegando que su cliente no debía ser juzgado por un tribunal militar pues sus delitos eran de carácter politico.

Miguel Miramón escuchó y refutó todas y cada una de las diez acusaciones que el fiscal Manuel Azpíroz le hacía, ante un consejo de guerra precedido por el coronel Platón Sánchez y por seis capitanes, que no tenían ni la experiencia ni el rango suficiente como para juzgar a un emperador y a dos generales de división. El licenciado Jáuregui, abogado del Macabeo, trató de convencer al tribunal de que su cliente no podía ser juzgado por sus actos políticos previos a la intervención, ni por sus ideas distintas a las que profesaban tanto él mismo como el gobierno republicano; añadió además que el juicio que se llevaba a cabo era anticonstitucional por emanar la ley del 25 de enero del poder Ejecutivo y no del Legislativo y porque inclusive contradecía lo establecido en la Carta Magna al juzgar al acusado en un tribunal “especial”, como lo era el de guerra.

El consejo tardó mucho en emitir su juicio. Los siguientes dos días fueron de ansiedad y desesperanza. Los ministros de Prusia, Austria y Francia abogaban ante Juárez por el perdón. Concha Lombardo, esposa de Miramón, iba y venía de San Luis a Querétaro, luchando por salvar a su esposo. Finalmente, al mediodía del 16 de junio les fue notificada la sentencia: pena de muerte. El fusilamiento habría de llevarse a cabo a las tres de la tarde del mismo día, por lo que los prisioneros se prepararon para el cadalso. Miramón escribió a sus amigos, a su familia y al licenciado Jáuregui y se confesó. Faltaba sólo un rato para dejar de existir. Su esposa, que había estado presente durante la notificación de la sentencia, esperaba desolada la llegada del cadáver a su casa. Y dieron las tres.

Después de las cuatro de la tarde, cuando los condenados estaban impacientes por la espera, se les notificó que el gobierno de Juárez, si bien no les concedía el indulto, sí aplazaba la ejecución hasta el día 19: eso fue lo único que pudieron conseguir los abogados Riva Palacio y Martínez de la Torre en San Luis Potosí. El emperador estaba indignado por la crueldad de hacerles sufrir el preludio de la muerte. Miramón se limitó a señalar que debían dar gracias a Dios y esperar.

El Macabeo pudo estar de nuevo con su esposa, pero después le pidió que fuera a San Luis a tratar de convencer a Juárez de que les perdonara la vida. Sólo hizo esto con el objeto de alejarla de Querétaro, para que no presenciara su cada vez más cercana ejecución. El día 18 en la noche, a unas horas de dejar de existir, escribió a Concha:

[...] Son las ocho de la noche, todas las puertas están cerradas menos las del cielo; estoy resignado y solo por ti, vida mía, siento el abandonar este mundo; la ejecución que debía ser a las diez se ha dispuesto ser a las seis y media, de consiguiente no podré disponer ni un minuto para decirte adiós. Ruégote tengas resignación, te cuides para la educación de los niños, para que quites a Miguel toda idea de venganza y pienses algunas veces en quien tanto te ha hecho sufrir, pero que te ha amado [...]

A la mañana siguiente, la ciudad de Querétaro estaba en silencio; las puertas y ventanas de todas las casas estaban cerradas, en señal de duelo. A las siete salió la comitiva rumbo al cerro de las Campanas, lugar destinado para la ejecución. Señalado con tres cruces estaba el sitio donde debían colocarse los condenados.

Maximiliano cedió a Miramón el lugar del centro, diciéndole que “un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas”; luego se volvió para abrazar a Mejía y dijo unas cuantas palabras, pidiendo que, para felicidad de su nueva patria, su sangre fuese la última en derramarse.
Miramón, con voz firme dijo:

"Mexicanos, mis defensores trataron de salvar mi vida en el consejo de guerra; aquí, próximo a perderla, y cuando voy a comparecer ante la presencia de Dios, protesto contra la acusación de traidor que se me ha lanzado al rostro para cubrir mi ejecución. Muero inocente de este crimen, con la esperanza de que Dios me perdonará y de que mis compatriotas apartarán de mis hijos tan vil mentira, haciéndome justicia. Mexicanos, ¡Viva México!"

Mejía abrazó un crucifijo contra su pecho y murmuró una oración. Miramón señaló su corazón, que segundos después fue atravesado por las balas del pelotón de fusilamiento. Maximiliano sobrevivió a la descarga y tuvo dársele un tiro de gracia…pero esa es otra historia.

 

 

Sobre el autor:

Polo Silberman

Escritor

Historiador especializado en política y milicia en México en el siglo XIX, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor, conferencista y trendexpert. Tiene un hermoso gato gris de nombre Gedovius y uno más, negro y bello como la noche, de nombre Poe.  Es 100% Géminis, adicto al café y a la cocacola y vive en el Centro Histórico con la mujer de su vida. 

Es el director editorial del Área de No Leer.

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