Jamás me vestiré de charro

Otras Minucias

10 de Septiembre de 2017

Por Mario Marentes

 

—A que puedo acabarme de un trago esta botella de tequila, ¿cuánto apuesta?— retaba un sonrosado hombrecillo, visiblemente alcoholizado.

El ambiente de la cantina “El jarrito de Tlaquepaque” era alegre y caldeado, en donde la mitad de los parroquianos reía con las ocurrencias de aquel viajero tan carismático y parlanchín, que sólo con su aspecto producía sonoras carcajadas. Ya que su notable obesidad se desbordaba del apretado pantalón de charro que intentaba lucir.

En ese momento cuatro viajeros entraron a la cantina con un portazo que funcionó para anunciar su llegada. Tomás, el líder del grupo, miró a todos con sus ojos inyectados en sangre, mientras Gerardo, su mano derecha, pedía que les arreglaran su mesa favorita.

—Doña Remedios, mándeme cuatro platos de chilaquiles bien picosos... Pero rápido que traemos harta hambre.

La voz profunda de Rubén siempre le dio la confianza suficiente para ser el más parlanchín de los cuatro, contrastando drásticamente con Javier, de quien nunca se escuchaba palabra alguna.

De manera súbita, el ambiente se transformó drásticamente, inundando el local con un pesado silencio sepulcral.

—A ver pues, que pasó con la música muchachos ¿por qué las caras largas?— gritaba el obeso charro.

De pronto el cantinero, le dijo rápidamente que aquellos caballeros eran la peligrosa Banda del Coyote.

De inmediato todos en la cantina se asombraron espantados al notar que el borrachín jalaba una silla para unirse, sin invitación, a los infames amigos.

—Me perdonarán ustedes señores, pero ya no queda nadie en este fino establecimiento que quiera apostar contra mi. Tengan la bondad de jugar una partida de blackjack conmigo. Doña Lupe, todo lo que consuman estos distinguidos caballeros va por mi cuenta.

Contra todo pronóstico de los ahí presentes, los amigos no despreciaron una cena gratis con alcohol incluido, de alguien que parecía salido de un mal chiste. Aquel grupo, sin tener que decirse nada, había decidido unánimemente de que al final de la velada mataría a su obeso mecenas por haber cometido la osadía de interrumpirles. Pero que mientras tanto disfrutarían de sus payasadas.

—Tenga la bondad de sentarse derecho mi muy apreciable señor, permita que nuestro querido Javier reparta las cartas, ya que como usted se habrá dado cuenta su pulso no da para semejante obra.

El aspecto grotesco de Tomás contrastaba con sus ademanes refinados.

—Y bien amiguito ¿qué te trae por acá?— le dijo Rubén mientras saboreaba una copa de cognac.
—Pues vine a reclamar una herencia de mi papacito. ¿Qué creen? Que se me acaba de morir...

—¿Y por eso puede usted pagar estas botellas y esta comida?— sentenció Rubén que no pudo ocultar un brillo de ambición en sus ojos

—Pues así es, pero estamos aquí para jugar ¿no? Miren, es muy fácil: les apuesto todo lo que traigo en el bolsillo derecho de mi saco a que no me pueden ganar en 21.

Después de 6 rondas de aquel juego, el gracioso gordinflón tuvo que soltar un pesado fajo de dinero sobre la mesa.

—Ah que caray, ni hablar pues ahí va lo prometido... ¡qué contento estoy! ¿No se han dado cuenta que cuando fallece alguien, inconscientemente te alegras de estar vivo?

— Si, por eso nosotros todo el tiempo estamos de excelente humor ¿verdad muchachos?

A esta sentencia todos los amigos rieron sonoramente, helando los nervios de los parroquianos.

—La vida todo el tiempo está cambiando, un día estás acomodando papeles y al día siguiente te intentas meter en un atuendo de charro, para asistir al funeral de tu padre. Yo siempre discutí con él sobre eso, recuerdo que lo último que le dije antes de irme de la casa fue: ¡Jamás me vestiré de charro! creo que eso lo hirió de muerte— dijo llorando el hombrecillo.

—A ver, a ver, ya basta de dramas y vamos a ponernos a jugar. Vengan esas cartas...— dijo Rubén.

—¡Amigos! ¡Qué buenos amigos! por favor déjenme sacarles una foto, me traje mi cámara alemana. Es muy moderna, ya verán, les haré una estampa digna de un presidente.

Acto seguido aquel falso charro se puso en pie y fue a buscar entre sus cosas su cámara como lo había prometido. La famosa Banda del Coyote casi sintió lástima por aquel pobre diablo.

De repente como en una súbita tormenta, cuatro relámpagos retumbaron poderosamente dejando tras de sí a Javier, Rubén y Gerardo muertos al instante. Sólo Tomás se mantenía vivo, mal herido.

—Ah caray, era cierto lo que decían señor Tomás, usted si es el gatillo más rápido de estos lares. Casi me mata, a ver déme su arma por favor.

El falso charro seguía siendo aquel hombre pesado, a quien les costaba respirar. Pero su mirada había tomado un profundidad propia de la inteligencia. Su andar era ágil y su habla mucho más articulada.

—¿Quién diablos eres?— le preguntó Tomás, tosiendo sangre.

—Solo resta decir, que vengo representando a mis clientes. Me parece que se hicieron de varios enemigos ¿verdad?

—Ah, qué gordinflón éste... De verdad que nos engañaste.

Después el gatillero desconocido subió a Tomás a su viejo caballo y se preparó para salir de viaje.

Esta herida que me hizo amigo Tomás, me está haciendo perder mucha sangre y veo que usted tampoco esta muy entero que digamos. A que yo sí puedo llegar vivo a la ciudad... ¿cuánto apuesta?

 

Sobre el autor:

Mario Marentes

Ciudadano con derecho al voto

Mexicano que gusta beber de un buen tarro de cerveza oscura, mientras ve como el atardecer enciende brevemente el contorno del horizonte.
También le agrada ver películas en blanco y negro e imaginarse la historia de las personas que ve pasar en las calles de la Ciudad de México.