Insumisa

Cultura

20 de Junio de 2016

Por Paloma Cuevas

Yacía en el piso. Se imaginó cuántas veces ahí mismo se habían disfrutado, cuántas veces habían platicado sus sueños y convertido en realidad todas esas fantasías que alguna vez los hicieron soñar.

Yacía en el suelo. Poco a poco toda sensación fue desvaneciéndose, primero el terror de no poder moverse, sabía que no podría moverse nunca más, y se había rendido ya a esa sensación de gotera, las piernas rotas, el alma ensombrecida.

Todo inició con un final.

La valentía de decir “¡Nunca Más!” y ahora era cierto: nunca más miraría un amanecer, nunca más sonreiría de regreso al recibir un piropo, nunca más se mojaría bajo la lluvia infinita, nunca más soñaría con nada, sus sueños se habían reducido a desear que alguien llegara, que alguien hubiera escuchado algo, que alguien se compadeciera de ella.

La llamada que lo comenzó todo había llegado inesperada, hasta sonrió cuando identificó el número de donde procedía, el último resquicio de un ego mal entendido, saberlo ahí llamándola de nuevo, ¿es que acaso no había entendido ya, en la llamada número 100 que ella no quería hablar nunca más con él?
“¡Pobrecito!” pensó,  “seguro aún no logra olvidarme… bueno qué tanto es tantito, a lo mejor está de a tiro muy mal…” Deslizó el botón verde en la pantalla del teléfono, y entonces escuchó su voz…
“Hola nena, buenas tardes” – sonaba demasiado dulce, casi meloso… “necesito verte, quiero platicar contigo, debo ofrecerte una disculpa, ahora que te perdí he entendido que no hice bien las cosas, estoy en terapia y quisiera que sólo me des una oportunidad de verte y agradecerte todo lo que has hecho por mí…”
Quedaron de verse el fin de semana, el ofreció que fuera en su casa, dijo que quería entregarle varias cosas que le pertenecían y que “el terapeuta” le había recomendado “cerrar círculos”

Primero la desconfianza, increíblemente dulce, tierno, no había amenazas, la voz era distinta, le recordó al pasado, a las primeras veces… Primera salida, primer beso, primera noche juntos, primera pelea, primeros gritos, primer empujón, primer cachetada. Si tan sólo hubiera sabido controlar su temperamento, es que él es “tan bueno” cuando no está enojado… y de nuevo su conciencia hablándole como advertencia: -“pero se enoja mucho, se enoja tanto…”
El día llegó, temblaba como hoja al viento mientras se ponía el vestido, se maquilló “discretita” y de repente, el coraje la invadió… -“Que “discretita” ni que la fregada, labios rojos, que se chingue, de una vez que vaya viendo que ya no puede decirme nada, que soy dueña de mi cuerpo, de mis decisiones y hasta del color que uso en los labios…”

Llegó a la cita, en “esa” casa, donde Él habita con su madre y sus hermanas, “ese” lugar, en donde las mujeres se hacen de la vista gorda y jamás escuchan nada, el lugar donde Él la hizo feliz en tantas ocasiones, y en donde la lastimó tantas veces sin que nadie hiciera nada, siempre le provocó curiosidad que un hombre tan macho viviera aún con su “mamita y sus hermanas” y es que para Él como para muchos otros todas las mujeres son putas, menos su mamá y sus hermanitas… todo eso en su mente mientras esperaba a que le abrieran la puerta.

Él abrió la puerta, la miró con alegría, mientras que recorría su rostro, ella pudo sentir el recorrido, primero su cabello, luego sus ojos ahí se demoró como siempre lo hacía, luego su nariz, sus mejillas y llegó a su boca, esa boca que hoy estaba “prostitutamente” roja, ahí la sonrisa dejó de existir, el ceño se frunció y sintió la mirada dura del golpeador despiadado. Le pidió que entrara y ella obedeció, como si de repente toda su voluntad hubiera desaparecido, reconoció en Él aliento alcohólico, y se sintió aterrada, supo que no había escapatoria, le indicó el camino, vio las luces apagadas de los cinco pisos de esa casa, que parecía todo menos un hogar…

La guío al departamento de hasta arriba porque “ahí están las cosas que quiero darte, la acomodé en cajas” (recordó que en esa extraña casa, había un departamento común donde habitaba “la madre” y cinco departamentos en cada piso para cada una de las hermanas, y el que él ocuparía el día que se casaran, más uno vacío que Él utilizaba como departamento de soltero, sin que nadie le reclamara nada, a fin de cuentas Él era “el hombre de la casa”). Tratando de recuperar un poco el aplomo que se le había ido al infierno ella contestó: “¿Y por qué mejor no las bajas? Son muchos pisos… (Trató sin éxito de parecer tranquila, temblaba como un pajarito herido). Él ni siquiera contestó, la tomó del brazo y le indicó que subiera. No hizo más que obedecer…

Al llegar, el cerró la puerta con llave y le dijo: “¿Qué pasaría si no te dejara salir?”  Ella miró a su alrededor aterrada, eran muchos pisos para intentar huir, y si gritaba supo que nadie haría nada para ayudarla, ya había sucedido antes, sabía que estaba perdida, contestó: “Ambos sabemos que me dejarás salir, toda mi familia sabe que estoy aquí.” El sonrío con esa mueca que la aterraba… como si ya nada le importara.

La llevó a la habitación y le indicó una cama sucia y vacía, y le señaló un montón de cobijas desordenadas, que se veían empolvadas: “Desnúdate y tiende la cama, que te voy a dar lo que te mereces…” Obedeció enmudecida, Se desnudó y él la miraba lascivo, con la mano le despintó los labios y le dijo… “Ah, con qué querías parecer payaso, ¿no?, pues así te ves ahora… Ella comenzó a llorar y le dijo que lo único que quería era tener la boca roja, le dio una cachetada, la sangre reventó sus labios y se abrió paso caliente; él rio y le dijo “ahora sí, ya tienes el hocico rojo”, ¿eso querías no, que te miren los hombres que te deseen? ¡Ahora tendrás lo que te mereces!

Lo que siguió después fue un infierno, gritos, embestidas, más golpes, mordidas… irreconocible yacía en el suelo, sabiendo que no habría más mañana, que los sueños habían sido terminados, que probablemente nadie sabría que había desaparecido, a fin de cuentas desaparecen tantas, mueren otras cuantas ¿y qué? “Una víctima más de la inseguridad”, “Segurito que ella se lo buscó”, “¿Qué hace una mujer decente en la calle?”
Miró por la ventana, el atardecer tenía de rojo el cielo, le dolía todo el cuerpo, pero le dolía más el espíritu destrozado. Sabía que no podría volver a levantarse, era una mariposa atravesada por un clavo caliente que le desgarraba el alma.
Cerró los ojos.
¡Qué fácil y qué rápido su seguridad se había desvanecido! ¿Dónde estaba aquella que se atrevió a pintarse los labios de rojo?

Sobre el autor:

Paloma Cuevas

Escritora

Paloma es el resultado de una educación libre y sin trabas, nunca aprendió a quedarse callada ante la injusticia. Obtuvo una formación académica en Filosofía por la UNAM y en Enseñanza del Inglés por la UAEM, Ideasta, escritora, columnista, preguntadora, invitadora y provocadora. Colabora con quince medios escritos. Mientras promueve y gestiona cultura desde todos los ángulos. Colabora con UniRadio y es miembro activo del Observatorio Ciudadano de Género de Toluca.

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