Misiva a un corazón roto

Cultura

26 de Julio de 2016

Por Emilia Sinclair


Hace algunos días, estaba platicando con Macarena y me pidió que escribiera algo referente al amor (¿y yo por qué?) y lo que entendía por corazones rotos y cómo superarlo. Me gustó el reto porque es difícil describir algo en lo que no sabes cómo actuar. Ciertamente, en algún momento de nuestras insignificantes existencias, todos hemos sentido esa pequeña emoción o encanto cuando nos sabemos admirados por una persona en cuestión carnal y no fraternal y nos dejamos llevar por aquel demonio que hace creer que somos los seres más perfectos del universo sólo porque alguien más tuvo el valor de observar la manera en la que estorbamos en el mundo: el ego. El ego siempre va a hablar en 3 momentos: cuando no aceptamos la culpa, cuando no reconocemos la derrota y cuando nos sabemos apreciados. Este último punto es el que nos trae hoy a conversar imaginariamente a través de los ciberespacios para las ciberletras de los pseudociberescritores quejumbrosos como yo.


A los seres humanos se nos olvida que somos más salvajes que cualquier otra especie en la Tierra, por el hecho de querer acumular cosas gritando “Precious, my precious” cual Gollum sobre su anillo. Pensamos, gracias al romanticismo (y no hablo del romanticismo cultural), que eso que llaman amor en verdad existe y que lo que amamos nos debe pertenecer. Cuando las parejas se dicen "Padre. Herrero. Guerrero. Madre. Doncella. La Anciana. El Extraño. Yo soy de él, y él es mío, desde éste día, hasta el final de mis días”, lo vemos como algo hermoso, como lo más sublime de la naturaleza humana, sin denotar que en realidad es una dependencia hacia la persona responsable de los cambios en la dopamina segregada en nuestro cerebro. Difícil es darse cuenta que nada ni nadie nos pertenece debido a que vivimos en un mundo lleno de apego y, recuerden areadenoleerliebers, que el apego es el camino al lado oscuro.

A decir verdad, los sollozos femeninos no me gustan porque en mi nebulosa pienso siempre que las mujeres lloran por cualquier cosa y no les creo, horriblemente opino que las lágrimas las utilizan muchas veces como método de chantaje y cuando me platican sobre sus sosas historias de amor, siento el lagrimerío como mero método de empatía. A mí no me gusta llorar, tal vez por eso lo detesto en las demás mujeres. A los hombres sí les creo, los siento más sinceros. Me imagino ha de ser por la tradición novelera en mi casa, en la que las protagonistas se la pasaban llorando en todas las escenas porque les hacían bullying (¡malditas marginales!).

Anyway, cuando ya tienes frente a ti toda esa avalancha de emociones que se enfrentan unas a otras cual macedonios contra persas, provocando cambios de humor y hasta físicos, haciéndote chillar porque escuchaste el nombre de aquel que prometió su amor eterno hacia ti (si se llama José, dondequiera lo vas a escuchar. También, no friegues, Macarena), o embriagarte al recordar todas las promesas incumplidas, o simplemente echarte un maratón de películas tristes para sentirte mejor y subir 3 kilos por todo el helado que comiste debido a que escuchaste que éste ayuda a combatir la depresión; cuando ya tienes todos esos síntomas de corazón roto, no queda más que enfrentarlo tal como lo hizo Alejandro Magno a Darío III: con agallas.

Por mi parte, alguna vez creí que mi historia de amor sería en la cual alguna vez estuviera yo platicando con alguien en algún bar en el Centro mientras sorpresivamente me llegaría el pensamiento a la cabeza de esa persona dándome cuenta que él es mi verdadera felicidad y le diría a mi amigo “me tengo que ir, discúlpame” mientras corría como Forrest buscándolo por toda la Calle Madero, empujando personas, niños, tirando puestos, respirando esa felicidad que te embarga cuando te sabes correspondido y que de fondo estaría Hounds of Love de The Futureheads y yo llena de emoción lo encontraría en el Palacio de Bellas Artes (porque obviamente es un hombre muy culto y gusta de admirar la arquitectura porfiriana y esas cosas) y, sin decirnos nada, no dábamos un beso digno de envidia de cualquier película lagrimera (gracias How I Met Your Mother por hacerme tan cursi). Sin embargo, a estas alturas de mi vida sé que seguramente después de esa ostentosa escena, le daría una cachetada o estaría algo ebria como para poder hilar una frase que no lleve una palabra altisonante en ella, porque en este periodo de mi vida, lo mejor que he hecho es rechazar propuestas amorosas porque ni siquiera sé cuándo son amables conmigo o cuándo me coquetean.

 

De todas las historias sosas cursis y deprimentes de mis amigos y también la mía, he notado que duele el corazón no porque se haya terminado un lapso de vida acompañado con alguien, duele el corazón por todas los planes a futuro y por lo que se ha jurado que ya no se cumplirá. El problema con los seres humanos y su imaginación es que ésta llega a niveles insospechados y se van haciendo chaquetas mentales y un mundo color de rosa con su pareja soñada bailando a la luz de la luna diciendo cuánto se hacían falta uno al otro y, cuando no se cumple, lo que duele es el mandarriazo por haber llegado tan alto en el nivel de chaquetismo mental.

Si ya sabemos que todas esas chaquetas mentales no se realizarán ¿por qué seguir enganchados a esos recuerdos que no se repetirán? Vivimos en el pasado creyendo que era un tiempo mejor cuando ni siquiera estamos dispuestos a atrevernos a intentar algo nuevo. Si el pasado fuera bueno, se llamaría presente y claro que duele despertar a la realidad pero no hay razón para sufrir por algo que ya no existe.

Sobre el autor:

Emilia Sinclair

Espía

Agente del caos. Antihéroe mexica librando batallas contra enemigos que devastan y perjudican la justicia y paz mental. En una ocasión tuve un amor pero no recuerdo donde lo dejé por cuidar mi trago de whisky.