¿A dónde dices que vas?

Otras Minucias

7 de Septiembre de 2016

Por Keit Zdanova

Como buena norteña que soy, desde que llegué a la CDMX, decidí que me iba a comprar un coche.
Lo sé, lo sé… “reckless” me dirían algunos; pero esto no es sobre mi “unborncar”, esta es la historia de cómo en un momento de iluminación decidí que mi inversión debía ir a otro lado.

Todo empezó con un video este link que me mandaron y ¡pum!: la inspiración llegó. (Cabe mencionar que me tomó sólo cinco minutos decidir que comprar un coche no era ni remotamente lo que quería).

Viajar no es nada nuevo para mi: a los 5 años me mandaron en mi primer vuelo sola, a visitar a mis abuelos y, desde ahí, no he parado. Yo colecciono aeropuertos como algunos coleccionan cartas de beisbol (y mi colección está mejor, sorry).

Empecé con viajes para ver a mis abuelos y conforme crecí, esos viajes también lo hicieron. Hasta que un día, con la mejor actitud yolo me dije “Fuck it, me largo al otro lado del charco…!” Y así, un jueves en la noche empecé a buscar vuelos. No sabía cuando me iría, ni a donde, pero estaba segura de que lo haría y que me iría sola.

Y así fue: partí en marzo, conocí diez países y quince ciudades en un viaje maratónico de un mes. No les voy a mentir y decir que todo fue perfecto porque pos no, la neta: no recordaba el pin de la tarjeta donde tenía TODO mi dinero, hubo países en los que no sabía que hacer para el segundo día, había veces en las que lo único que quería era mi cama y no la cama de un hostal…

Pero mi vida es antes y después de ese viaje. ¿Por qué? Porque me di cuenta que el mundo es increíble, que cuatro paredes no lo son todo, que hay cosas que maravillan, que asombran, que te dejan sin habla (y para que YO me quede sin habla está cabrón). Hay lugares que enamoran, comida que te obsesiona, hay momentos en los que ni siquiera una foto captura la belleza y la grandeza de tus pasos.

Porque viajar es perderse y volverse a encontrar al otro lado del mundo, viajar es ir caminando por una calle, medio perdida, y que te duela la cara de tanto sonreír, viajar es arriesgarlo todo, porque sabes que vas a ganar mil veces más, viajar es conocerse en un callejón olvidado de algún pueblito, viajar es enamorarse cuarenta y cinco mil veces y saber que son amores fugaces, te enamoras del clima, de la comida, de la gente, del metro, de sus librerías, de sus museos, te enamoras porque cuando viajas, viajas con el corazón abierto, listo para absorber todo y dejarlo entrar como no te lo permites en ningún otro lado. Viajar es probar, es temer, es cantar, es vivir…

En el momento en el que estaba caminando al Vaticano por un callejón, mientras no paraba de llover, ahí me di cuenta que lo material no es nada; que si es genial tener el celular más nuevo o un coche pa’ estrilar, o incluso una casa que te de estabilidad, para mi no lo es. No me pregunten qué voy a hacer a los sesenta cuando no tenga una casa mía, pero si me preguntan cómo es el clima en Bangkok les voy a poder decir todo sobre él y a donde deben ir a comer.

Porque cuando me desprendí de esa necesidad de tener es cuando empecé a ganar; aún me compro tonterías, aún me compro tenis de colección, pero no son una necesidad, son un gusto. Lo hago cuando puedo, pero ya no vivo en el “tener”, vivo de una manera muy sencilla: ¿y ahora a donde me voy?

El día que iba volando a Tokio, (claro, después de un mini ataque de pánico), la vida cambio de color (sí, así de mamón como suena). Antes la vida era en unos tonos bastante bonitos pero limitados, pero después de eso la gama se abrió y ya no volví a ver los colores como antes lo hacía. Desde el momento en que aterricé, fue como si Disneylandia hubiera abierto sólo para mí; soñaba con ir a Tokio desde los doce años y por fin, estaba ahí, así, una fulana de cabello morado que sólo sabía decir konichiwa y arigato. Estaba en Tokio siendo feliz.

Esa felicidad no la cambio ni por una casa gigante o por un coche del año, esa felicidad no se compra, esa felicidad se gana y no es fácil; sacrificas mucho, trabajas mucho (porque no es enchílame otra). Es decidirse y hacerlo, así sin rodeos y sin paros mensos. Es agarrar el toro por los cuernos, comprar un boleto de avión y arriesgarse.

Qué importa que vayas solo, qué importa que no hables el idioma, qué importa que te enfermes, que no sepas ni cómo moverte, que no haya tortillas o salsa Valentina (Neta, de compas, no viajen con su salsa Valentina: bájenle una rayita al código postal). He conocido gente increíble en hostales, en museos, en metros, pero, lo más importante, me he conocido a mí… (cuando pasen un mes entero solo ustedes y su alma, me entenderán).

Viajo porque el mundo es muy grande para quedarse en un sólo lugar.
Viajo, porque se vuelve adicción y lo peor es que no estás dispuesto a dejarlo. Viajo para vivir.

No tengo que escribirle una carta a mi versión más joven diciéndole que viva; por el contrario, le escribo diciéndole lo orgullosa que estoy de ella, de esas decisiones impulsivas que ha tomado, de esos miedos que ha superado.

Le escribo diciéndole que aquí estoy siguiendo su ejemplo, que no ha sido fácil pero sí que ha sido increíble y que tengo planes de seguir haciendo de este viaje una total y alocada aventura.

Porque, ¿quién necesita un coche, una casa o muchas cosas cuando tienes el mundo por recorrer?

 

Sobre el autor:

Keit Zdanova

Viajera

Una habitante del mundo, con cabello morado, traficante de momentos, alquimista de contenidos y creadora de historias largas y sin sentido. Si te dijera cual es mi super poder, tendría que matarte.

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